Si tienes un coche diésel moderno, tarde o temprano te ocurrirá: vas circulando con absoluta normalidad y, de repente, notas un olor raro, un ralentí ligeramente más alto y una humareda pasajera en la parte trasera que ves saliendo del tubo de escape a través del escape.
En muchos casos, incluso escuchas al ventilador del motor girar con más brío del habitual cuando estacionas.
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¿Por qué sale ese humo de repente?
Nada se ha roto; no estás quemando el embrague ni el motor está a punto de despedirse. Lo más probable es que tu vehículo esté realizando una regeneración del filtro de partículas (DPF), un proceso tan habitual como desconocido para la mayoría de conductores.
El DPF es el encargado de retener las partículas sólidas generadas en la combustión del gasóleo. El problema es que ese filtro se satura con relativa facilidad si el uso del coche es urbano o de trayectos cortos.

Para limpiarlo, la electrónica del motor provoca una elevación controlada de la temperatura de los gases de escape, quemando los residuos acumulados hasta convertirlos en ceniza. Y es justo ahí donde aparece el ‘fenómeno’ que tantos sustos provoca: un pequeño aumento de temperatura, un olor más intenso y, a veces, una humareda blanca o grisácea completamente normal.
¿Cuándo se hace?
Lo que muchos desconocen es que la regeneración puede empezar sin previo aviso y, si la interrumpimos repetidamente (parando el coche), el filtro no llega a limpiarse.
Eso obliga al coche a repetir el proceso una y otra vez, aumentando consumo, desgaste y, en el peor de los casos, provocando un aviso de avería que requerirá una limpieza forzada en taller. Por eso es tan importante reconocer las señales y saber cómo actuar.

Los síntomas más típicos son siempre parecidos: ralentí algo más alto, ventiladores en marcha incluso en frío, sonido del motor algo más grave e incluso un ligero tirón al levantar el pie del acelerador.
No es un fallo, es mantenimiento automático. El coche no te está pidiendo que pares, sino todo lo contrario: que sigas circulando durante unos minutos hasta completar el ciclo.

La clave para evitar problemas está en lo que muchos fabricantes repiten desde hace años: dar al motor al menos 10–15 minutos de circulación continua a velocidad estable cuando detectemos los síntomas.
No hace falta ir ‘alegre’, ni subir de vueltas sin sentido; basta con mantener una marcha normal por carretera para que el filtro alcance la temperatura necesaria. Aunque si subimos las revoluciones y se pueden mantener entre 2.000 y 3.000 rpm, ayudaremos a que el proceso se complete mejor y en menos tiempo.

¿Qué no debes hacer?
Apagar el coche justo cuando empieza la regeneración. Si es inevitable (llegas al garaje y no puedes seguir con esa humareda, por ejemplo), no pasa nada una vez, pero si se repite de forma habitual, el DPF no tendrá tiempo de hacer su trabajo.
Y recuerda: si el testigo del DPF se enciende en el cuadro, la regeneración automática ya no está pudiendo completarse. Toca seguir circulando unos kilómetros y, si no se apaga, visitar el taller.

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