El emblema de un coche siempre ha sido un símbolo de estatus, una seña de identidad que suele coronar el frontal de los vehículos. Estos insignias siempre han sido una pieza muy codiciada por los amigos de los ajeno, principalmente, los de las marcas de lujo. Sin embargo, lo que antes era una simple gamberrada de adolescentes o un fetiche para coleccionistas, se ha transformado en una operación criminal y extremadamente lucrativa.
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Recientemente, se está sufriendo una ola de robos de estos emblemas muchas ciudades estadounidense, con Nueva York a la cabeza. Así, los propietarios de modelos de Mazda, Honda o Hyundai están amaneciendo con un gran vacío en sus parrillas. Pero el drama no es el trozo de plástico sustraído, sino lo que se escondía detrás: el cerebro electrónico que permite al coche frenar solo o mantener la distancia de seguridad, y que ya son obligatorios en todos los coches nuevos.

Una mina de oro tras el plástico
La industria del automóvil ha hecho un esfuerzo loable por integrar las últimas tecnologías de forma estética. Para evitar que los frontales parezcan naves espaciales repletas de aditamentos técnicos, muchos fabricantes han optado por ocultar los sensores de los sistemas avanzados de asistencia a la conducción (ADAS) en la parrilla, justo detrás de la insignia de la marca.
Este diseño, elegante a la vista, se ha convertido en el talón de Aquiles de la seguridad. Los ladrones han descubierto que, con un simple destornillador plano y en apenas un minuto, pueden extraer componentes que en el mercado de repuestos alcanzan cifras astronómicas. Es el crimen perfecto de la era digital: bajo riesgo y alto beneficio. Mientras que robar un catalizador requiere meterse debajo del coche y usar una sierra radial, extraer un sensor es una tarea silenciosa y limpia.

La factura de estos robos
Reponer estos sistemas no es, ni mucho menos, barato. Según datos de la AAA (American Automobile Association) y otros especialistas del sector, el coste de sustituir un sensor de radar frontal robado o dañado oscila entre los 500 y los 1.500 euros, dependiendo de la marca y la complejidad del modelo. No obstante, el verdadero “hachazo” a la cartera llega con la mano de obra especializada.
Sustituir la pieza es solo la mitad del trabajo. Una vez instalado el nuevo radar, el vehículo requiere una calibración de precisión para que los sistemas de frenado de emergencia o el control de crucero adaptativo funcionen correctamente. A esta operación técnica se le debe sumar entre 200 y 500 euros adicionales —en horas de taller— a la factura final. En total, un robo que al ladrón le lleva menos de un minuto puede costarle al propietario (o a su aseguradora) cerca de 2.000 euros.
“Si antes un pequeño golpe en el aparcamiento suponía arreglar chapa y pintura, hoy implica recalibrar sistemas que cuestan miles de euros”, señalan los expertos.

Un problema que acabará cruzando el Atlántico
Aunque la voz de alarma ha saltado con fuerza en Estados Unidos, la normativa europea hace que España no esté a salvo. Con la obligatoriedad de los sistemas ADAS en todos los vehículos nuevos matriculados en la Unión Europea desde el pasado 6 de julio de 2024, el parque móvil español está cada vez más “sensorizado” y puede ser susceptible de comenzar a sufrir estos robos.
La solución no parece sencilla. Mientras los fabricantes no refuercen los anclajes internos o cambien la ubicación de estos dispositivos (algunos ya los sitúan tras el parabrisas), la recomendación sigue siendo la misma: priorizar el estacionamiento en lugares vigilados. Por ahora, los logotipos de los coches ha dejado de ser un elemento decorativo para convertirse en una diana tecnológica de alto valor.
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