El Ford Bronco es un coche muy molón. De eso no hay duda. EL MOTOR ya realizó una prueba exhaustiva del icónico todoterreno de la marca estadounidense coincidiendo con su llegada al mercado español, pero ahora llevamos un paso más allá el análisis de este modelo tan especial como exclusivo.
Especial porque es uno de los poco 4×4 genuinos que se pueden encontrar aún en los concesionarios y, además, rebosa personalidad por los cuatro costados. Y exclusivo porque no es para todo el mundo y tampoco todo el mundo puede pagar una tarifa que, en el caso de la versión superior Badlands, arranca en algo más de 93.000 euros.
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¿Merece la pena semejante desembolso? ¿Para quién esta diseñado? ¿Se pueden afrontar largos viajes con él? ¿Cumple con lo que promete fuera de carretera? Para intentar responder todas estas preguntas, y algunas más, nada mejor que un viaje de más de 4.000 kilómetros entre España y Marruecos, incluyendo exigentes jornadas de conducción desde zonas nevadas a las imponentes dunas de Erg Chebbi, en Merzouga.
La mayoría de los viajes con vocación aventurera comienzan por carretera. Llegar hasta las primeras dunas del desierto del Sahara exige, desde España, de un largo desplazamiento asfaltico, unos 1.500 kilómetros si se arranca desde el centro de la península. Distancia suficiente, por tanto, para comprobar cómo se comporta el Ford Bronco en este escenario. Que vaya por delante no es el más adecuado para su filosofía.
En marcha por carretera
El Bronco, como no podía ser de otro modo, es un automóvil grande (aunque su longitud no resulta exagerada, con 4,80 metros) y pesado. Además de resultar tan poco aerodinámico como una caja de zapatos y con el condicionante de las diferentes piezas de su carrocería que se pueden extraer, principalmente la cubierta plástica del techo y las puertas.
Este planteamiento se traduce en bastante ruido aerodinámico por encima de los 100 o 110 km/h, junto a unos consumos que son los propios de su motor V6 de 2,7 litros, pero acentuados por esa escasa eficiencia en la lucha contra el viento. No es, en consecuencia, el coche más cómodo del mercado para afrontar largos viajes por carretera… aunque tampoco es su vocación.
En todo caso, y asumiendo que su terreno favorito es otro, el Bronco permite desplazarse a buen ritmo por autovías (más perezoso en tramos secundarios), con un consumo medio en torno a los 14 litros de gasolina por cada 100 kilómetros y con un confort relativamente satisfactorio siempre que no olvidemos el tipo de vehículo del que se trata. Porque tampoco la habitabilidad es su punto fuerte, aunque sí ofrece un maletero bastante capaz que supera los 560 litros.
Llega su escenario natural
Vaya por delante que comprarse un Ford Bronco como vehículo de viaje, para llevar los niños al cole o ir al supermercado los fines de semanas tiene el mismo sentido que salir a la calle en pleno mes de enero con bermudas y camiseta. Ninguno. Puede servir para esas funciones, sin duda, pero aceptar su fuerte carácter tan solo se justifica si también se van a exprimir sus enormes posibilidades fuera del asfalto, como el auténtico todoterreno que es.

Su momento llega cuando debe afrontar desafíos en caminos, pistas, rocas, barro, nieve o arena. Es justo en ese momento cuando todo cobra sentido en su planteamiento, saca a relucir el trabajo de ingeniería del que se beneficia y demuestra lo mucho que la electrónica puede llegar a aportar en la conducción alejadas de la carretera. Que es valioso sobre todo para aventureros con una experiencia limitada en este tipo de utilización.
Porque el Bronco y todos sus sistemas específicos para el 4×4 consiguen sacar al conductor de apuros de otra manera inimaginable. Puede que para los más expertos algunas soluciones resulten innecesarias e incluso algo intrusivas, pero para una gran mayoría tanta tecnología se revela como una gran ayuda en condiciones complejas como puede ser un mar de dunas.
Es así empezando por un poderoso propulsor de gasolina con 334 CV, apoyado en un cambio automático de 10 velocidades y todas las opciones de transmisión que se pueden imaginar: trasera, total, total con reductoras o bloqueo de diferencia central y trasero.
Sin olvidar varios programas de conducción que eligen lo mejor en cada momento por el usuario, desde uno específico para consumir poco combustible, algo difícil, hasta otro destinado a la circulación por arena o rocas, acabando por el denominado Baja (en homenaje a las competiciones de este estilo) que saca a la palestra la faceta más prestacional del Bronco.
Las suspensiones, que podrían ser de mayor calidad en un coche de su precio, cumplen sobradamente, mientras que existe la posibilidad de desconectar la barra estabilizadora delantera para ganar recorrido en el campo. Ford también propone un ingenioso sistema de giros en tierra, que facilita las maniobras en espacios angostos al actuar sobre el freno de la rueda trasera interior.
En definitiva, muchas soluciones tecnológica s que dan sentido a lo que quiere ser el Bronco: un todoterreno de los que cada vez quedan menos, que no pasa desapercibido, que sirve para viajar, aunque no sea el coche ideal para ello, y que, sobre todo, entusiasma cuando toca salir del asfalto para disfrutar de su enorme potencial en condiciones de alta exigencia.
Y todo ello, sin necesidad de ser un piloto aspirante a competir en el Dakar, aunque sí una persona con una cuenta corriente de lo más saneada. Porque, además, si es así, su afortunado propietario con mucha probabilidad dispondrá de un segundo coche que cubra las carencias que pueda presentar este 4×4 tan fuera de lo normal.
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