En determinados puntos del centro urbano, cuando el flujo de coches parece seguir su curso habitual, emerge una advertencia inusual que sorprende incluso a quienes conducen a diario. No forma parte del paisaje cotidiano ni suele aparecer en trayectos rutinarios.
Su presencia coincide con un periodo muy concreto del calendario y desaparece sin dejar rastro pocos días después. Esa naturaleza puntual durante la Semana Santa la convierte en un elemento que muchos automovilistas no llegan a interpretar correctamente.
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Una señal de Semana Santa
A diferencia de otras indicaciones vinculadas a obras o climatología, este aviso responde a una circunstancia excepcional que altera el comportamiento del firme. No tiene que ver con lluvias ni con bajas temperaturas.
El mensaje que transmite es directo, pero poco habitual: “cera en la calzada”, una advertencia que obliga a extremar la precaución aunque el entorno no muestre signos evidentes de peligro.
Su instalación responde a decisiones puntuales de las autoridades locales, que la colocan en enclaves estratégicos donde se ha detectado un cambio significativo en la adherencia del asfalto.
El factor inesperado que lo provoca
La explicación no está en el tráfico, sino en la actividad religiosa que llena las calles durante la Semana Santa. Las procesiones, que congregan a miles de personas, alteran también las condiciones del pavimento.
Los cofrades, que acompañan los pasos, portan velas encendidas durante horas. La cera caliente cae lentamente al suelo y se acumula capa tras capa sin que muchos reparen en ello.
Ese residuo, aparentemente inofensivo, se enfría y se adhier e al asfalto, creando una película que reduce notablemente la adherencia de los neumáticos. El resultado es similar al de circular sobre una superficie pulida.

Cómo afecta realmente a la conducción
El conductor puede notar una respuesta distinta del coche sin identificar rápidamente la causa. La dirección pierde precisión y el agarre disminuye en momentos clave.
Este efecto se traduce en mayor distancia de frenado y menor control en maniobras, algo especialmente delicado en entornos urbanos donde los imprevistos son constantes.
Los vehículos de dos ruedas, como motos o bicicletas, son los que sufren con mayor intensidad esta alteración, ya que dependen en mayor medida de la adherencia directa con el suelo.
Un fenómeno localizado pero relevante
En ciudades como Granada, esta señal vinculada a la Semana Santa se ha vuelto relativamente habitual durante estas fechas, sobre todo en avenidas principales por donde discurren los recorridos más concurridos.
La Gran Vía es uno de los puntos donde suele instalarse, debido a la intensidad del tránsito peatonal y a la acumulación progresiva de residuos sobre el pavimento.
Quienes conocen esta dinámica ajustan su conducción de forma casi automática, mientras que los visitantes se enfrentan a una situación que no siempre saben interpretar a tiempo.

La respuesta de las autoridades
Para minimizar riesgos, los servicios municipales combinan señalización temporal con labores intensivas de limpieza. Sin embargo, la retirada completa del material no es inmediata.
La advertencia visual permite anticipar el problema y adaptar la conducción antes de experimentar sus efectos. Es una medida preventiva más que correctiva.
Además, se recomienda circular con suavidad, evitando aceleraciones bruscas o cambios de dirección repentinos que puedan provocar pérdidas de control.
Una rareza dentro del código vial
Este tipo de señal no aparece en la formación habitual de los conductores, lo que explica su capacidad para generar dudas. Su diseño puede variar ligeramente, pero su significado es claro.
Aun así, muchos automovilistas la ven por primera vez sin contexto previo, lo que reduce su efectividad si no se comprende el riesgo que implica.
Su carácter excepcional la convierte en un ejemplo de cómo el entorno puede condicionar la conducción de formas poco previsibles.
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