Con la llegada del invierno, la red viaria se enfrenta a uno de sus enemigos más persistentes: el hielo. Las placas heladas, a menudo invisibles para el conductor, reducen drásticamente la adherencia de los neumáticos y multiplican el riesgo de salidas de vía y colisiones. Para minimizar este peligro, las administraciones recurren desde hace décadas a un método tan sencillo como eficaz: el uso de sal para evitar la congelación del asfalto.
El principio que sustenta esta práctica es conocido en química básica. Al disolverse en agua, el cloruro sódico reduce su punto de congelación, lo que impide que el agua se solidifique a temperaturas habituales del invierno.
Más información
Gracias a este efecto, la sal consigue fundir el hielo ya formado o, aplicada de manera preventiva, evitar que llegue a consolidarse sobre la calzada. No obstante, su eficacia es limitada. Cuando el termómetro desciende hasta valores cercanos o inferiores a los diez grados bajo cero, el proceso se ralentiza de tal forma que deja de ser operativo.
Por ese motivo, en regiones con inviernos especialmente severos se emplean mezclas más complejas, enriquecidas con compuestos de calcio o magnesio, capaces de actuar a temperaturas aún más bajas.
En zonas templadas, en cambio, la intervención suele activarse cuando se prevén heladas moderadas. En estos casos, se utiliza cada vez más la salmuera, una solución de agua y sal que se esparce con mayor precisión, necesita menos cantidad de producto y comienza a actuar con mayor rapidez que la sal sólida.
Más información
Restos de sal en la carrocería
La mejora inmediata en la seguridad vial tiene, sin embargo, un coste menos visible para los vehículos. Tras circular por carreteras tratadas, los coches acumulan restos de sal en la carrocería y, sobre todo, en los bajos y el chasis. Esta mezcla de humedad y sal es altamente corrosiva y puede acelerar la oxidación de piezas metálicas, deteriorar la pintura e incluso afectar a componentes sensibles como los frenos. En el caso de las motocicletas, donde muchos elementos quedan expuestos, el impacto suele ser aún mayor.
Los especialistas recomiendan una rutina de limpieza más estricta durante el invierno. Lavar el vehículo con agua dulce a presión tras circular por zonas tratadas ayuda a eliminar los cristales de sal antes de que se incrusten. Algunos centros de lavado ofrecen sistemas específicos para limpiar los bajos, una zona crítica y de difícil acceso. Además, la aplicación de ceras protectoras puede servir como barrera adicional frente a la humedad y la suciedad acumulada.
Sigue toda la información de EL MOTOR desde Facebook, X o Instagram
Cómo conducir con hielo y nieve: consejos clave de la DGT para evitar sustos en invierno
El error fatal al llevar tus esquíes en el coche que la DGT no perdona: evita multas de 200 euros