La primavera está a la vuelta de la esquina. A partir del próximo 20 de marzo (el día que entra oficialmente la nueva estación), miles de motoristas españoles desempolvarán sus monturas, ajustarán cascos y saldrán a devorar kilómetros aprovechando el ascenso de las temperaturas. Sin embargo, este año el idilio con la carretera tiene un enemigo silencioso y omnipresente. El incesante tren de borrascas que ha barrido la península desde enero no solo ha llenado los embalses; ha triturado literalmente el firme de gran parte de nuestra red vial, dejando tras de sí un reguero de socavones, grietas y baches profundos.
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Lo que para un coche supone una visita costosa al taller —neumáticos reventados, llantas dobladas o silentblocks destrozados—, para un usuario de moto representa una amenaza directa a su integridad física. Un impacto seco contra un bache en pleno apoyo o en una frenada puede desestabilizar la dirección, provocar la pérdida de contacto del neumático con el asfalto y, en el peor de los casos, terminar con el piloto en el suelo.

Asfalto dañado por la meteorología
La explicación técnica es sencilla, pero sus consecuencias son dramáticas. El agua se filtra por las microfisuras del pavimento. Cuando las temperaturas bajan, el agua se expande y fragmenta el aglomerado asfáltico desde el interior. Si a esto le sumamos el paso constante de vehículos pesados, el resultado es el desprendimiento de capas enteras de carretera.
Fuentes del sector de la conservación de carreteras advierten que la inversión actual es insuficiente para paliar el deterioro acelerado por el cambio climático. “Estamos viendo socavones de dimensiones considerables en vías de alta capacidad, pero el verdadero drama está en las carreteras convencionales”, señalan expertos en seguridad vial. Son precisamente esas rutas reviradas las favoritas de los motoristas para sus escapadas dominicales, y donde el mantenimiento suele ser más deficitario.
Para el conductor de un SUV, un bache de diez centímetros de profundidad es un “llantazo”. Para una moto con llanta de 17 pulgadas, es una trampa capaz de bloquear la rueda delantera o provocar un efecto rebote incontrolable en la suspensión trasera que lance al conductor por “orejas”.

Visibilidad y trazada
El problema se agrava con las sombras de la primavera. Los contrastes lumínicos en zonas boscosas dificultan la detección temprana de estos desperfectos. Además, la suciedad que desprende el propio asfalto al romperse (gravilla suelta y arena) se acumula en las trazadas, reduciendo drásticamente el agarre justo cuando más se necesita.
Desde asociaciones de motoristas recalcan que la prevención es vital. La recomendación es clara: aumentar la distancia de seguridad para tener mayor campo de visión sobre el estado del suelo y evitar, en la medida de lo posible, circular sobre las marcas viales o las zonas centrales del carril, donde suelen concentrarse los mayores desperfectos. Un motorista que no ve el suelo es un motorista en peligro.
¿Quién se hace responsable?
No es solo una cuestión de pericia al manillar. Las diferentes administraciones tienen la responsabilidad patrimonial de mantener las vías en condiciones óptimas para la circulación. Si un socavón provoca un accidente, el usuario tiene derecho a reclamar, aunque el proceso suele ser largo y tedioso.
Esta temporada, más que nunca, la prudencia debe ser el accesorio indispensable en cada salida. El asfalto español está herido y, hasta que los planes de reasfaltado lleguen de forma efectiva, la carretera será un escenario hostil. Antes de dar gas esta primavera, es necesario recordar que el peligro no siempre viene de frente; a veces, está esperando justo bajo los neumáticos.
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