La escalada de tensión en Oriente Próximo se ha notado con aspereza en los surtidores de combustible, que han regresado a la volatilidad de la crisis de Ucrania. Un día antes del ataque masivo de Estados Unidos e Israel contra Irán, el 27 de febrero, la gasolina promediaba en España un precio de 1,49 euros por litro y el diésel costaba 1,44 euros. Este domingo, las tarifas eran de 1,74 y 1,86 euros, respectivamente, según las cifras del Ministerio de Transición Ecológica recogidas por el portal especializado Diesel o Gasolina.
Son unos repuntes del 16,8% y el 29,2%, rebotes que no se habían visto en los últimos cuatro años y han catapultado el diésel (tradicionalmente más barato) por encima de la gasolina. Con el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del crudo mundial, el principal temor es que la cotización del petróleo siga disparándose. El barril de brent ya ha superado los 100 dólares, una frontera que se considera de riesgo para la inflación y el crecimiento mundial.
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En este contexto, millones de conductores revisan los precios por litro en las estaciones de servicio más cercanas y multiplican sus consultas en Google sobre gasolineras baratas. La duda no es nueva: ¿se sacrifica calidad al repostar por menos dinero?
Lo que dice la norma y la práctica: misma base, distinta “receta”
Las respuestas ya se han ofrecido antes. Para empezar, todo carburante comercializado en España debe cumplir unas especificaciones mínimas recogidas en la normativa y verificadas; esa exigencia alcanza por igual a las redes tradicionales y a las estaciones de bajo coste. El combustible base procede del mismo sistema logístico (principalmente de Exolum) y, por tanto, no es de peor calidad por servirse a menor precio. La diferencia no está en el origen del producto, sino en la formulación final que utiliza cada operador.
Esa receta particular se basa en los aditivos. Las grandes petroleras defienden que sus paquetes específicos (detergentes, mejoradores de ignición y de lubricidad, anticorrosivos…) incrementanla eficacia del combustible y ayudan a mantener limpios los inyectores y a reducir la formación de sedimentos.
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Traducido a cifras concretas, la Asociación de la Industria del Combustible de España, antes AOP, menciona ahorros de entre un 3% y un 4%. Algunas promesas comerciales hablan de hasta 55 kilómetros extra por depósito si se utilizan los combustibles de primera calidad.
Gasolina ‘low cost’: calidad certificada y precio ajustado
Del otro lado, las redes de bajo coste subrayan que sus carburantes cumplen la especificación legal y que su ventaja proviene de la estructura de costes y no de una calidad inferior. Para el consumidor, esto significa que repostar en una gasolinera barata no estropea el motor ‘per se’; lo determinante es que el combustible esté dentro de especificación y que la estación mantenga sus tanques y filtros en condiciones.
El debate sobre la utilidad real de los aditivos vivió un capítulo intenso tras unas provocadoras declaraciones del máximo responsable de las gasolineras Plenergy, José Rodríguez de Arellano, en una entrevista en EL PAÍS: “El aditivo es la gran mentira… lo ponemos porque la gente piensa que es bueno, pero no vale para nada”. El directivo recordaba, además, que el combustible sale “del mismo depósito” y que su compañía compra el aditivo que recomienda Exolum.
La respuesta de Exolum en EL MOTOR fue expeditiva: la aditivación no es “una burra” que vendan ellos ni las petroleras. A juicio del director de Aviación y de la unidad de negocio de España de Exolum, Jorge Guillén, los químicos añadidos al combustible “tienen un efecto positivo tanto en el rendimiento como en la duración y la reducción de averías”.
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