Hay mañanas en las que la niebla domina la carretera, y hoy era una de ellas. Desde el inicio del trayecto, la visibilidad estaba reducida y los paneles luminosos advertían de bancos de niebla a lo largo de la ruta.
En pocos minutos apareció una escena que se repite con frecuencia. Cada coche parecía utilizar un sistema de iluminación diferente, como si no existiera un criterio claro sobre qué hacer cuando la visibilidad se complica.
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Una escena que se repite cada invierno en carretera
La experiencia resulta tan habitual que casi forma parte del paisaje. En un mismo tramo de carretera pueden verse coches sin iluminación especial, otros con todas las luces posibles encendidas y algunos que olvidan apagarlas cuando el banco de niebla desaparece.
Ese contraste genera situaciones incómodas. Mientras unos apenas se distinguen a pocos metros, otros deslumbran a quienes circulan detrás, creando un efecto molesto que dificulta aún más la conducción.
El problema no es nuevo. Las luces antiniebla siguen siendo uno de los sistemas que más dudas genera entre los conductores, incluso entre quienes llevan años al volante.

El error más común cuando aparece la niebla
Muchos automovilistas activan las antiniebla traseras cuando apenas hay bruma, una práctica bastante extendida en carreteras españolas.
Ese gesto, que en principio parece prudente, puede convertirse en un inconveniente. La intensidad de estas luces es mucho mayor que la de posición, por lo que pueden resultar deslumbrantes para quien circula detrás si la visibilidad no es realmente mala.
En el extremo contrario también aparecen conductores que no activan ningún sistema adicional de iluminación, incluso cuando la visibilidad empieza a reducirse de forma clara.
Esa combinación de decisiones improvisadas explica por qué cada invierno se repite la misma escena en autopistas, autovías y carreteras secundarias.
Qué diferencia hay entre las antiniebla delanteras y las traseras
Una de las razones de esta confusión está en la propia naturaleza del sistema. Las luces antiniebla no funcionan todas igual, aunque muchos conductores las perciban como un único elemento.
Las delanteras emiten una luz blanca muy potente y baja, pensada para iluminar el asfalto sin que el haz rebote en las partículas de agua suspendidas en el aire. Su función principal es mejorar la visibilidad del conductor.
Las traseras, en cambio, tienen un papel distinto. Son de color rojo intenso y están diseñadas para que el vehículo sea visible a mayor distancia, incluso cuando el resto de coches apenas se distinguen entre la niebla. Por eso su intensidad es mayor que la de las luces traseras habituales.

El momento exacto en el que deberían encenderse
El reglamento de circulación establece que las condiciones meteorológicas deben ser especialmente adversas para utilizar determinados sistemas de alumbrado.
En el caso de las antiniebla delanteras, su uso suele ser opcional cuando la visibilidad disminuye notablemente por niebla, lluvia abundante, nieve o incluso polvo en suspensión.
Las traseras son más restrictivas. Solo deben activarse cuando la visibilidad es realmente mala, por ejemplo con niebla espesa o precipitaciones muy intensas. En situaciones más suaves, mantenerlas encendidas puede resultar innecesario y molesto para el resto del tráfico.
Cuando el banco de niebla desaparece
Otra escena frecuente ocurre minutos después. El banco de niebla se disipa de repente, algo habitual en determinadas carreteras o a primera hora de la mañana.
En ese momento algunos conductores olvidan revisar el mando de las luces. El coche continúa circulando con las antiniebla activadas, incluso cuando la visibilidad vuelve a ser normal.
Desde atrás, ese vehículo destaca de forma exagerada. El resplandor rojo intenso puede resultar incómodo, sobre todo de noche o al atardecer.
Y es que, no se trata solo de una cuestión de confort visual. La normativa contempla sanciones de 200 euros relacionadas con el uso incorrecto del sistema de alumbrado, precisamente para evitar este tipo de situaciones.
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