Tiene 31 años, compró un Ferrari que llevaba décadas parado y decidió hacer justo lo contrario de lo que todos esperan 

La decisión de una joven mecánica rompe uno de los grandes tabúes que rodean a ciertos superdeportivos clásicos.

Chica Ferrari Testarossa

Durante décadas, algunos coches han sido tratados como piezas de museo. Modelos asociados al lujo, a garajes climatizados y a propietarios que apenas los conducen para preservar su valor. Sin embargo, de vez en cuando aparece una historia que desmonta ese guion y recuerda que, antes que objetos de colección, los automóviles nacieron para moverse

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con uno de los deportivos más emblemáticos de finales del siglo XX. Un coche que durante años apenas recorrió unos pocos kilómetros y que ahora tiene un destino muy distinto, volver a la carretera con normalidad, acumular kilómetros y recuperar el espíritu para el que fue creado. 

Detrás de esta decisión está Vittoria Bruno, una mecánica especializada en coches clásicos que, con apenas 31 años, ha tomado una decisión poco habitual incluso entre los grandes aficionados. En lugar de buscar una unidad perfecta para conservarla como inversión, optó por un deportivo que llevaba demasiado tiempo parado y decidió devolverlo a la vida con sus propias manos. 

Un superdeportivo parado 

El coche en cuestión es un Ferrari Testarossa de 1987, uno de los modelos más icónicos de la marca italiana. Lanzado en plena década de los ochenta, su diseño con tomas de aire laterales y su mecánica de doce cilindros lo convirtieron en un símbolo de aquella época. 

Pero la unidad en cuestión vivió una vida muy diferente a la que imaginaban sus ingenieros. Tras pasar por varios propietarios, permaneció más de dos décadas prácticamente inmóvil. El último dueño apenas lo condujo, acumulando poco más de 3.200 kilómetros durante ese largo periodo. 

Cuando cambió de manos, el coche apenas superaba los 19.000 kilómetros originales. Una cifra llamativa en un vehículo con casi cuarenta años de historia, pero que también escondía un problema conocido por cualquier especialista en clásicos: la inactividad prolongada suele ser tan perjudicial como el uso intensivo. 

El enemigo silencioso de la mecánica 

En los coches deportivos italianos de esa época, dejar el motor parado durante años puede provocar múltiples complicaciones mecánicas. Juntas que se resecan, correas que pierden elasticidad, líquidos que se degradan o sistemas de refrigeración que dejan de funcionar correctamente. 

Por eso, antes de volver a circular con normalidad, esta unidad necesitaba algo más que una simple revisión. El coche requería una restauración mecánica profunda, un proceso que implicaba desmontar buena parte del conjunto para acceder a los elementos más delicados del motor

Entre los trabajos realizados se encontraba el mantenimiento mayor característico de este modelo, desmontar el subchasis trasero para acceder al motor. Una operación compleja que permite sustituir correas de distribución, retenes, manguitos y la bomba de agua, piezas clave para devolver la fiabilidad al conjunto. 

Un corazón mecánico muy particular 

El Testarossa es recordado, entre otras cosas, por su arquitectura mecánica poco común. Bajo la cubierta trasera se encuentra un motor bóxer de doce cilindros y 4,9 litros, una evolución directa de los propulsores desarrollados por Ferrari en competición. 

Esta mecánica atmosférica desarrolla cerca de 390 caballos de potencia y alrededor de 490 Nm de par, cifras que en su época lo situaban entre los deportivos más rápidos del mercado. A diferencia de muchos coches actuales, su funcionamiento depende de un sistema de inyección mecánica Bosch, menos sofisticado electrónicamente pero muy valorado por quienes prefieren la mecánica tradicional

La transmisión también forma parte de su carácter. El cambio manual de cinco marchas utiliza la clásica rejilla metálica visible, uno de los rasgos más reconocibles de los Ferrari de los años ochenta

Un Testarossa diferente al que todos imaginan 

Otra particularidad de esta unidad está en su aspecto exterior. A diferencia del típico color rojo asociado a Ferrari, este ejemplar luce una configuración negro sobre negro, una combinación mucho menos habitual en este modelo. 

El coche equipa además llantas de fijación central, conocidas como “monodado”, un detalle técnico que recuerda directamente a los coches de competición y que añade exclusividad al conjunto. 

Incluso el equipamiento original conserva elementos poco habituales, como parte del kit de herramientas específico del modelo, incluido el instrumento destinado a ajustar la tensión de algunos componentes mecánicos. 

Un clásico pensado para conducir, no para guardar 

Lo más llamativo de esta historia no es la restauración ni la rareza del coche. Lo realmente singular es el planteamiento que hay detrás de su nueva vida

El objetivo no es mantener el coche como una pieza intocable. Al contrario, la intención es utilizarlo con normalidad y llevarlo mucho más allá de su kilometraje actual. 

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