En un tablero geopolítico donde la tensión entre Washington y Teherán alcanza niveles críticos, la seguridad del hombre más poderoso del mundo no se deja al azar. Mientras los tambores de guerra resuenan en Oriente Medio, el presidente de los Estados Unidos se desplaza dentro de una joya de la ingeniería que parece sacada de una película de ciencia ficción: ‘La Bestia’. No es solo un coche; es un blindado de 9.000 kilos capaz de rodar por el mismísimo corazón de un conflicto bélico sin sufrir las graves consecuencias que cualquier otra persona experimentaría en su automóvil particular.
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General Motors es el fabricante de este prodigio de la ingeniería automotriz. Fue la firma que ganó el contrato gubernamental de casi 18 millones de euros (al cambio) para proteger al presidente estadounidense en sus desplazamientos. Además, se adjudicó otro contrato de unos 31 millones de euros del servicio secreto para construir los vehículos adicionales que viajan en la caravana presidencial junto a la limusina.

Un muro de acero frente a la amenaza de los misiles
En el actual escenario de hostilidades, donde el uso de drones suicidas y armamento pesado es una realidad constante, el Cadillac One —nombre oficial del vehículo— se erige como la última línea de defensa. Este prodigio automovilístico no comparte prácticamente nada con un coche de calle, salvo la estética de la calandra y los grupos ópticos de Cadillac.
Bajo su piel de aleación de acero, aluminio, titanio y cerámica, se esconde un chasis reforzado que hereda la robustez de los camiones de gran tonelaje de la firma americana. Su blindaje no es solo una cuestión de grosor; es una arquitectura multicapa de 20 centímetros en las puertas —cuyo peso iguala al de un Boeing 757— diseñada para absorber el impacto directo de un proyectil Stinger o una granada antitanque. En un hipotético ataque en zona de guerra, ‘La Bestia’ es el único lugar del mundo donde se puede estar a salvo de una explosión de magnitud militar a escasos metros.

Tecnología de vanguardia para repeler ataques
El habitáculo es, en esencia, una cápsula hermética. Ante la amenaza de un ataque químico o biológico por parte de fuerzas insurgentes, el coche activa un sistema de recirculación de aire independiente con botellas de oxígeno propias, aislando por completo a los siete ocupantes del exterior.
Defensas activas dignas de un agente secreto
- Visión nocturna y humo: en el frontal, cámaras térmicas permiten al conductor circular a alta velocidad sin luces en oscuridad total. Además, cuenta con cañones que lanzan cortinas de humo para cegar a posibles perseguidores.
- Contramedidas: dispone de un sistema de lanzamiento de gases lacrimógenos y manetas de puertas electrificadas para evitar que asaltantes externos puedan acceder al interior.
- Reserva de sangre: en el maletero, junto a un equipo de extinción de incendios, viaja siempre una reserva de sangre del grupo sanguíneo del presidente para una transfusión de emergencia.
El corazón que mueve esta mole es un bloque V8 de 6.6 litros con doble turbocompresor. Aunque sus 300 CV puedan parecer escasos para mover 9 toneladas, su par motor es hercúleo, garantizando que el vehículo pueda salir de una zona de emboscada sin vacilar, incluso si sus neumáticos han sido destruidos. Los neumáticos de acero reforzado permiten que el coche siga rodando a 80 km/h sobre el metal si el caucho desaparece.
Una comitiva de 50 vehículos y el arte del engaño
La seguridad del presidente no termina en su chasis. El protocolo del Servicio Secreto implica un despliegue de más de 50 vehículos, incluyendo unidades de interferencia electrónica para desactivar bombas por control remoto y varios Cadillac Escalade equipados con sensores de detección de misiles.
Para despistar a cualquier francotirador o comando enemigo, el Servicio Secreto emplea siempre dos unidades idénticas de ‘La Bestia’. Se mueven como un juego de trilero por las calles: nunca se sabe con certeza en cuál viaja el mandatario. Es el “ajedrez de la supervivencia” llevado al asfalto.

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